Terrenal | Espiritual
En nuestro afán por ser parte del montón muchas veces nos perdemos en el matrix, en las apariencias, en falsas realidades, en conflictos terrenales.
Hoy, sentada aquí en el balcón viendo el mar, un día después de comprometerme con el Amor de mi vida, solo puedo pensar en cómo se nos va la vida esperando a que muchas cosas lleguen y se nos va pasando lo que en este instante tenemos enfrente.
En la sutileza de la cotidianidad se esconden los mayores milagros y bendiciones, y el día de mañana, justamente eso, es lo que más extrañaremos: lo cotidiano.
Confieso que la vida siendo mamá me ha conectado mucho con el cielo, pero también me ha anclado muchísimo en la tierra, lugar donde antes no vivía muy a menudo ya que siempre estaba enfocada en el mundo celestial. Encontrar un balance entre estos dos mundos ha sido el reto más grande al que me ha afrentado no solo la maternidad, sino también el construir una familia nuclear. Una familia donde ahora yo no soy la hija, sino la madre de ella.
Transicionar de doncella a madre ha sido de los retos más sagrados, potentes y poderosos de mi vida. Pasar de la niña herida a la mujer que se apodera de su trono me ha costado un sin fin de conflictos internos, externos, choques, caídas, levantadas, y hasta ahora, mi mayor evolución.
Vivir en un constante conflicto entre lo terrenal y lo espiritual buscando la manera de fluir entre los dos mundos solo me ha enseñado una cosa: aprender a soltar el control. Suena muy fácil decirlo ¿cierto? Pero que gran reto aplicarlo.
Las cosas no siempre salen como nosotros esperamos, y es justamente ese el problema: esperar. Al fin y al cabo Dios siempre tiene un plan para nosotros mucho más grande que nosotros, porque la consciencia de Dios no tiene límites, pero nuestra mente si se encuentra limitada por los estándares de la humanidad, por las creencias con las que nacimos, crecimos y nosotros mismos construimos. Limitada por el ego, tan necesario pero tan inservible en muchas ocasiones. El ego es esa “identidad” que creamos para nosotros mismos en este mundo terrenal intentado definirnos como “algo” cuando realmente no somos nada, somos todo. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, pero como nuestra mente es terrenal, estamos predispuestos a pensar que somos seres terrenales viviendo una experiencia espiritual.
En esa confusión y esa batalla entre el ego y la intuición se nos va la vida sumergidos en problemas terrenales que nos pesan nuestra paz cuando al fin y al cabo siempre tienen una solución. Problemas económicos, problemas de salud, conflictos en nuestras relaciones, crisis de identidad, un sin fin de agonías constantes que suelen tomar el control de nuestra vida por nuestra misma necesidad de no soltar el control. Vivimos esperando que las cosas salgan como queremos, sin darnos cuenta que al querer ya estamos bloqueando la llegada de ello por quererlo y no dar por hecho que ya va a llegar. Confiar… otro de los grandes retos en este mundo terrenal.
Mi Alma, mi espíritu, mi intuición, mi parte irracional me ha logrado ayudar a confiar más en la vida que la misma certeza de lo que tengo frente a mis ojos materializado, porque confiar es un acto de Fe y la Fe no se ve con los ojos, se siente con el Alma.
Sigo y seguiré enfrentándome al reto de encontrar un equilibrio entre lo terrenal y lo espiritual, lo cotidiano y lo sagrado, mis heridas y mis fortalezas, mi niña interior y la mujer que me habita, la doncella inmadura, adolescente, y la madre madura y anclada. Porque la vida es un constante descubrimiento, un constante aprendizaje, y un constante recordar de todo aquello que nuestra Alma ya sabe. Mientras tanto vivir el presente y sentir, sentir todo lo que se pueda.
