Alma



El otro día una persona me preguntó si mi hija me había quitado la tristeza y me quede pensando en la respuesta a esta pregunta a la que con inmediatez no pude responder…


Mi hija no me quitó la tristeza, porque antes de que ella llegara, no vivía mi vida triste pero si había comprendido que estaba permitido sentirse triste de vez en cuando. Mi Ser ya había entendido e integrado la tristeza como una emoción natural. 


Indudablemente, un hijo sana el corazón, pero hay dos cosas más a este tema:


Primero: la tristeza es una emoción permitida en todos los momentos de la vida, así estés en uno de los momentos más felices tu vida la tristeza siempre puede aparecer, y eso está completamente bien. 


Segundo: un hijo no debe cargar jamás con la responsabilidad de ser la alegría de sus padres, porque si un padre no era feliz sin su hijo no lo será con él. 


Ser padre es una gran responsabilidad, pero ser hijo también lo es. 


Es característico de una mentalidad muy antigua pensar que un hijo es la alegría de un hogar, porque así un hijo traiga una alegría incalculable ese sentimiento en los momentos de turbulencia desaparecerá. Ningún hijo puede crecer pensando que depende de si mismo si sus papás viven y sobreviven, ningún hijo puede crecer pensando que depende de si mismo la felicidad de sus padres o su estabilidad mental, ningún hijo se merece cargar con tanta responsabilidad en sus ombros. Ningún hijo debería depender sus acciones de los resultados que eso traiga en sus padres, porque eso sería no solo ser un padre egoísta sino también traer al mundo un ser humano completamente dependiente y sin libertad. 


Existe esta falsa realidad de que un hijo quita todos los dolores y todas las heridas de una persona, y siendo mamá solo me he dado cuenta que es todo lo contrario. Un hijo, realmente, activa todas tus heridas ya que como madre te enfrenta con tu niña interior desde el minuto cero en el que te enteras que estás embarazada, y como padre desde el primer momento en el que tienes a tu hijo en tus brazos. Es por esto que la maternidad y la paternidad es vista como algo muy “retador” porque ese pequeño Ser viene a ponerte de frente en su espejo con todas las heridas que cargabas en silencio. El ser madre me ha demostrado que traer un Ser al mundo es un gran acto de valentía y de mucha responsabilidad; se habla mucho de la responsabilidad que conlleva dedicarle a este Ser, pero la verdadera responsabilidad es hacerte cargo de ti en todo momento para no hacer que tu bebé cargue con tus propias heridas. 


Un hijo sana, indudablemente, pero no porque el hijo haga el trabajo, sino porque el hijo revela el trabajo pendiente por hacer. 


Entonces… si nuevamente me lo preguntaran si mi hija me quitó toda mi tristeza, diría que ni mi alegría ni mi tristeza dependen de mi hija porque son emociones que siento yo, que me pertenecen a mi y que dependen de mi, no de ella. Estoy aprendido a criar un ser humano independiente, que sepa que cuenta con sus padres en todo momento pero que no necesita a nadie más que a ella para vivir… por eso se llama Alma, porque ella es su Alma, no solo su cuerpo, no solo su mente. Un Alma completamente independiente. Un Alma que eligió mi Alma como su madre terrenal para juntas evolucionar en este hermoso camino llamado Vida.