Me despido de un pasado que hoy ya no me pesa.

Entre el miedo y la melancolía me despido de este capítulo de mi vida, de esa Tary Ann a la que por momentos le costaba respirar. Entre la alegría y la bendición le abro campo a una nueva y completa versión de mi. 


Suelto todo lo que me pesaba, a eso que hoy le quedo grande, la rabia, las angustias, el miedo y las inseguridades. Me despido de esa niña berrinchuda que hoy se prepara y se convierte en mujer. Y aunque no me desprendo completamente de ella porque esa niña siempre necesitará mi atención y estará siempre en mi interior, comprendo que para madurar siempre es necesario aprender a soltar. 


Ya no me corresponde vivir de mis traumas, me corresponde abrazarlos y entender para qué pasaron. Ya no me corresponde el miedo del pasado ni la ansiedad del futuro porque el único momento que existe es el aquí y el ahora. Ya no me asusta mi sombra porque ahora entiendo que siempre estará conectada con mi luz, como el ying y el yang, y las dos caras de una moneda. 


Así como ahora comprendo que para experimentar la calma es necesario disfrutar de la tormenta, hoy me siento infinitamente agradecida de haber podido bailar bajo la lluvia. Me siento orgullosa de todas las cicatrices que hoy marcan mi piel, solo me muestran que tan fuerte fui cuando ser fuerte era mi única opción. 


Nada de lo que he experimentado en mi vida ha sido perfecto para eso que llaman el estándar de perfección, pero malo sería juzgar mi situación. Mis acciones han cosechado los resultados de lo que yo misma he sembrado, y me parece más que justa la cosecha que hoy recojo. Porque para mi, los frutos no han sido lo más importante sino el proceso de todo lo que hoy viví y me trajo hasta aquí. 


Agradezco por el equipo celestial que siempre me acompaña, hasta en los momentos que la soledad y el vacío han inundado mi corazón, y comprendo, que cada persona que hoy me acompaña en la tierra está cumpliendo su misión.