Lo perfecto solo existe en tu imaginación.
¿Cuando haces algo andas buscando perfección o imperfección?
Hoy me levanté pensando en este término al que tanto estamos aferrados. Queremos siempre que todo nos salga “perfecto.”
Hoy te pregunto: ¿Qué es la perfección para ti?
Lo que para mi es perfecto no es perfecto para ti, porque perfección = percepción.
Pensar que algo o alguien es perfecto es una opinión, ¿entonces por qué siempre vamos buscando ser “perfectos” en todo?
¿A quién intentamos complacer?
¿A nosotros mismos o a los demás?
Para mi, la perfección es un estado. Unos lentes que decido yo misma utilizar para ver todos los aspectos de mi vida perfectos para mi. Es un entrenamiento asertivo para tu cerebro. Cuando le enseñas a tu mente a pensar que todo es perfecto tal y cómo es, empiezas a ver la vida desde otra perspectiva. Ahora entiendes que las cosas son como son, pero que siempre tienes la oportunidad de mejorar todo aquello con lo cuál no te sientas satisfecho.
Entiendes que hasta cuando crees que las cosas están saliendo “mal” porque no salieron como tú esperabas, igual están saliendo como Dios esperaba.
Entiendes que cuando la vida te quita algo es porque Dios tiene algo mejor preparado para ti, entonces no te está quitando, te está poniendo nuevas oportunidades.
Entiendes que todo es tan perfecto no sólo como tú decidas hacerlo, sino también verlo.
¿Alguna vez has escuchado esa frase que dice “al mal tiempo buena cara”?
Hoy te invito a reemplazar esa frase porque no hay tiempos buenos ni malos.
Te invito mejor a decir “siempre que se pierde en realidad se aprende.”
La vida es una gran escuela, somos nosotros los que muchas veces fallamos como alumnos en nuestra falta de disposición para aprender. Los niños en el colegio no cuestionan a sus profesores por lo que les enseñan, ellos cuestionan para entender y para aprender más sobre eso que les están enseñando.
A medida que vamos creciendo, nuestro ego se va interponiendo en el camino, y en vez de tener toda la disposición de escuchar y aprender de nuestras experiencias, luchamos por tener el control para que las cosas salgan como pensamos que queremos.
Al final, todo se resume en eso: en lo que pensamos que queremos.
Pensamos que queremos lo que quiere nuestra mente, nuestro ego, cuando en realidad siempre queremos lo que anhela nuestra alma. El problema es que muchas veces con tanto ruido externo a nosotros no nos permitimos escuchar el mensaje que viene desde nuestro interior. De esta manera, obligándonos a impulsarnos por caminos a la fuerza para así cometer errores y aprender otra vez.